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| Adiós al botellón, ¡viva el botellín! |
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Javier Antón Ruiz
La Real Academia de la Lengua debe ir irremisiblemente a remolque de la realidad, de lo contrario corre el riesgo de pretender adelantarse a la modernidad y, por ejemplo, incluir en su diccionario el término “bluyín”, tal y como lo he escrito, con i griega y tilde en la latina. A su vez, la sociedad crea neologismos que la Academia no termina de aceptar, quizá por despiste o por una excesiva precaución de la que a veces carece como acabamos de ver. De ahí el problema con el cartel instalado por el ayuntamiento prohibiendo la actividad bien conocida por todos como “botellón”.
Dicho aumentativo no aparece en la primera parte del aviso, “SUSPENDIDO EL CONSUMO DE BEBIDAS EN TODAS LA VÍAS PÚBLICAS Y ESPACIOS ABIERTOS DEL TÉRMINO MUNICIPAL”, por lo que se podría interpretar que un policía local va a llamar la atención -o a aplicar la correspondiente sanción- a quien vaya paseando por cualquiera de nuestras calles bebiendo un refresco o de una botellita de agua, pues iría consumiendo una bebida por la vía pública que llana y generalmente es lo que se anuncia como antirreglamentario. Una prohibición así podría resultar al menos ilógica, como la que quiere promulgar el alcalde de Filadelfia para impedir que los ciudadanos den de comer en lugares públicos a los vagabundos y sin techo, por lo que se debería especificar que lo que se persigue es evitar el consumo de bebidas alcohólicas, al menos para no despistar más a quienes ya lo estamos en demasía, situación muy beneficiosa, por otra parte, para que nos traguemos como hostias consagradas los anzuelos de la imperiosa necesidad de ajustes y recortes siempre por el mismo lugar.
Es solamente al acabar de leer el cartel, después del impacto de la cuantía de la multa, cuando aparece la palabreja, incluso con categoría de ley, para confirmar lo que sospechábamos, que los cubatas en casa o en los bares, por creer que la libertad de hacer lo que uno quiera se puede imponer a la de los demás.
Aunque es muy fácil posicionarse a favor o en contra de la medida (como con cualquier asunto), no es útil ni dejar las cosas como estaban ni esta mera prohibición. El problema del consumo desmedido de alcohol no es exclusivo del botellón, puesto que no se impide en establecimientos públicos o privados ni para siempre en la vía pública, recordemos las excepciones del carnaval o de la feria o de las terrazas que ocupan la vía pública; tampoco esta medida va a garantizarles a los ciudadanos el silencio durante las horas de descanso: prohibir el botellón no implica que los juerguistas no puedan entrar y salir de los bares de madrugada cantando y gritando, como tampoco que ensucien las calles y orinen por las esquinas, además de que últimamente el botellón se realizaba en la calle María Coronel, entre el castillo de Guzmán y la Estación Marítima, y allí, que sepamos, sólo se molestaba a quien se encontraba trabajando a horas intempestivas en el puerto o a los fantasmas residentes en el castillo que, por ahora, no se han quejado, pues por no levantar la voz no lo hacen ni contra los atentados arquitectónicos que últimamente se están cometiendo entre sus muros.
Así que esta medida de nuestro ayuntamiento que se apoya en una ley de la Junta que le autoriza a tomarla y que imita la impuesta hace cerca de dos años por el equipo de gobierno de Izquierda Unida en Conil, sí va a conseguir terminar con el botellón, pero no con el consumo con o sin medida de alcohol en adolescentes y mayores, ni con los ruidos que quiebran el descanso de los vecinos, ni con el gusto de ir ensuciando las calles como mal entendida rebeldía o por no comprender que quien va soltando inmundicias es porque está acostumbrado a vivir con ellas. Si al menos las multas impuestas se destinaran a paliar la falta de educación generalizada que, por culpa de los recortes, se va a acentuar aún más...
Fuente: Javier Antón Ruiz Fecha: 19/03/2012 |
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