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| Morir como un perro |
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Moisés Menéndez
La madrugada del sábado, cuando el río Palmones conseguía vencer a la marea y comenzó su descenso, descendiendo la extraordinaria inundación, un grupo de cuatro voluntarios llegamos a las instalaciones de la perrera que hace el servicio municipal de recogida de animales, “El Refugio”.
El camino de un kilometro largo que desde la carretera de Palmones había hasta las instalaciones no fue fácil. Y no por tener que caminar y vadear un camino a veces ininteligible.
La Guardia Civil nos había dicho que los perros se habían ahogado. El panorama que pensábamos íbamos a encontrar nos hacía avanzar en un concentrado silencio. Si marchábamos lo hacíamos únicamente porque pensábamos que si había un solo perro que estuviera todavía vivo, valía la pena intentar asegurarse que esa noche no le tocaría morir sin la más mínima opción.
Tras la caminata, según alcanzábamos los límites de la perrera, comenzamos a escuchar ladridos. Una vez dentro el panorama era una mezcla de alivio, por los que estaban vivos, como de desolación, por los montones de pelo mojado que asomaban en algunas jaulas ligeramente por encima del agua. Cargamos en ese mismo momento con algunos de los perros que estaban reservados para adopción, que nos siguieron como si fueran uno más del equipo en el camino de vuelta nadando la mayor parte del recorrido.
Que mala suerte y que desgraciados son estos animales. Desde luego impone presenciar en directo lo que es morir como un perro. Sabemos por nuestra red de protección que en Andalucía esta situación es estos días frecuente. Perreras de cazadores donde están hacinados y enjaulados realas, como otros muchos animales que sirven para el capricho de sus dueños han sido arrasadas por las crecidas.
En Andalucía tenemos una teórica Ley de Protección Animal cuyo incumplimiento es lamentablemente generalizado (también en nuestro pueblo). Pero su existencia permite sostener una afirmación, nuestra Sociedad actual ha decidido que estos animales tienen derechos y deben ser respetados. Permite afirmar que merecemos el reproche y castigo cuando les abandonamos, les colgamos de un árbol, les damos un tiro, les mutilamos, los encadenamos, los golpeamos, los enjaulamos, los dejamos en una azotea sin protección, los reproducimos sin control, los regalamos por capricho…
Cuando manifestamos estos comportamientos somos unos verdaderos irresponsables que no merecemos tener derecho alguno sobre estos compañeros con pelo.
Lamentablemente la mayor parte de nuestros convecinos seguirán pensando que nada tiene de especial vivir y… morir como un perro.
Fuente: Moisés Menéndez Fecha: 10/03/2010 |
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