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Un Paseo por las nubes
• Los cuatro kilómetros de camino que se extienden desde El Palancar hasta el Pico de Luna –la zona más alta del término municipal tarifeño- se convierte en un bello recorrido por el parque natural de Los Alcornocales que nos revela todo el esplendor natural de este espacio protegido


Shus Terán Reyes

Desde hace años, siglos, los montes de Tarifa se han revelado como un poderoso entorno medioambiental sobre el que se desenvuelve una variopinta flora y avifauna que se antoja un auténtico regalo para los cincos sentidos.

Tarifa cuenta con una superficie total de su término municipal de 416 kilómetros cuadrados de los que más del 40 por ciento pertenecen a parque naturales. Por un lado el que recorre una amplia franja marítimo-terrestre desde Punta de San García -en Algeciras desde el este- hasta Cabo de Gracia o playa del Cañuelo en Atlanterra donde muere el término municipal tarifeño por el oeste y que representa el ámbito de protección del parque natural más joven de Europa, el Parque Natural del Estrecho con una superficie total de 18.900 hectáreas, que engloba una línea de costa de unos 54 kilómetros lineales desde una punta a la otra. La franja marina de una milla de anchura alcanza hasta una profundidad máxima de 200 metros en la Punta de Tarifa.

Pero si importante es el Parque Natural del Estrecho, no lo es menos el Parque Natural de Los Alcornocales que se erige como la reserva de alcornocal más importante de Europa. Fue declarado parque natural el 28 de julio de 1989 y supone un hábitat protegido de 167.767 hectáreas de las cuales 9,71 por ciento –es decir, 16.290 hectáreas- se encuentran dentro del término municipal tarifeño y cuenta con caminos y senderos que resultan en su recorrido una clase magistral de naturaleza.

Tal es el caso del sendero que conduce desde El Palancar al Pico de Luna. A unos 463 metros sobre el nivel del mar se antoja salida a uno de los paseos más bellos de los que se puede disfrutar de todo el esplendor del parque. A los pies de los restos de uno de los gigantescos molinos de viento se abre una pista de tierra que se adentra en dirección norte hacia la frontera entre Tarifa y Algeciras. A la zona se puede llegar desde dos puntos según se venga. Por el monte La Ahumada desde la N-340 a la altura del Mirador del Estrecho o por la zona de El Bujeo si se viene del arco de la Bahía.

Antes de iniciar el sendero los senderistas nos acopiamos del agua fresca que del manantial que nutre y engorda el caudal del Río Guadalmesí que serpentea vertiginosamente hacia su caída al Mediterráneo 400 metros más abajo.

Los alcornoques van cerrando el camino y su rugosa corteza se convierte en brújulas que marcan el norte en la flor de los vientos delatada por el verdín del musgo que recorre los troncos de los centenarios árboles capaces de aguantar el paso de los años y los envites de plagas como “la seca” el mal intrínseco del alcornocal del Mediterráneo.
Se comienza andar ágilmente, esquivando los charcos y lodos de las últimas lluvias y cruzándose con un rebaño de ovejas que pasa velozmente entre el grupo de senderistas que se van internando en el bosque. Entre los alcornoques y algunos acebuches se dibujan unas cajas grisáceas que son colmenas la mayoría abandonadas y sin reinas, pero que delatan un pasado gastronómico famoso y basado en viejas y exquisitas recetas donde la materia prima no era otra que la encontrada en los montes. Setas y pollos de campo cocinados en algunas de las rústicas cocinas de algunas de las diseminadas casas que se ven más abajo del camino. Un camino especialmente ancho construido para funciones militares y que llegan hasta la mismísima cota más alta de todo el término municipal tarifeño, el “Pico de Luna” destino final de nuestro paseo. Pero por delante aún quedan cuatro largos kilómetros en los que el sonido de un inconfundible Picapinos se mezcla con el canto de los estorninos y de vez en cuando una rapaz difícil de reconocer cruza velozmente el camino precipitándose hacia el valle.

Las vacas palurdas, especie autóctona de los montes tarifeños campan a sus anchas por el lugar, ellas mismas se buscan sus pastos. De vez en cuando, en las caídas que tiene el camino, se distingue algún carnero desafiando al equilibrio mientras que el sendero se estrecha y se empina distinguiéndose cerca el Pico de Luna que corona el Tajo de la Corza, también conocido como Tajo de Las Escobas en Los Llanos del Juncal. Su cercanía es simplemente un efecto óptico, pues el camino aún es largo.
En las verdes paredes que nos rodean crecen helechos milenarios como alfombra a los alcornoques. Entre ellos, también el jerguen o el matagallo y sus impredecibles y nerviosos movimientos descubren sin ser vistos a algunos meloncillos o quien sabe si una gineta o incluso un gato montés. Sólo las jaras, brezos, cantuesos, torviscos y majuelos saben con certeza los bichuelos que entre ellos se esconden. Todos anhelamos descubrir un corzo, pero el ajetreo de la marcha y lo “poblado” del lugar hacen que desechemos esa posibilidad.

Tras una hora y media de subida, con los gemelos cargados por la cuesta, se alcanza por fin la meta. La temperatura ha bajado hasta cinco o seis grados centígrados y la cota se ha elevado hasta los 845 metros sobre el nivel del mar. Atrás hemos dejado el bosque de niebla y nuestras cabezas se asoman a uno de los balcones naturales más maravillosos quizás del mundo. Por encima de las nubes se nos revela una impresionante bahía de Algeciras presidida por el istmo de Gibraltar. Nuestra vista alcanza hacia en noroeste todas la poblaciones de la Comarca. Más lejos, más al norte se dibujan como si de una acuarela se tratara, la sierra de Málaga e incluso creemos distinguir Sierra Nevada. Guiamos nuestros ojos hacia el suroeste y topamos con Ceuta que dorada refleja los rayos de un sol que quiere acostarse. El imponente Jebel Musa acentúa sus arrugas y todo el litoral desde Ceuta hasta Tánger se hace más largo y cercano que de costumbre. Entre las imponentes torretas y antenas metálicas que coronan el Pico de Luna silba un viento helado que obliga a cubrir nuestras cabezas y al sur, del sur, despidiendo al astro rey, una pequeña ciudad con una bella isla unida por un estrecho camino se dibuja como el último rincón de la península Ibérica. Tarifa parece incluso extenderse hacia el Atlántico donde el sol se va ahogando mientras el silencioso y solitario vuelo de un buitre traza la frontera entre el cielo y la tierra y nos saca de nuestras ensoñaciones producto de la contemplación casi divina de tanta belleza.

Tras un descaso y reponer las fuerzas, emprendemos el camino donde tras una hora de bajada nos sorprenderá la noche. Atrás un paseo por las nubes que nos redescubre un hermoso entorno natural para muchos desconocidos pero que es simplemente impresionante y obligatoriamente, necesario de ver y sentir.


Fuente: Shus Terán Reyes
Fecha: 08/02/2010
   
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